Montt
July 20th, 2010
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Una macarra me ha llamado pala
un autobusero me ha echado la charla
y le he regalado veinte euros a un taxista.
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Ya puede hacer sol mañana.
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Hoy he dormido sin nórdico. He dejado mi casa heladora, la que costó una semana de calefacción ininterrumpida que alcanzara los dieciocho grados. He dejado a gente real y en miniatura increíble, sofás rompespaldas, mis primeros pendientes y partes de mi anatomía (¡Anay, no corras!). He dejado más de lo que traigo conmigo y me asusta volver. Deberíais estar asustados vosotros, que ya me habéis sufrido.
Tengo un plan: voy a dejar cada cosa en su sitio, las que no sepa dónde al trastero, y mañana abriré corchete por vacaciones. Para cuando vuelva si hay nuevo paréntesis (cruzo los dedos) (¡cruza los dedos!) dejaré (un poco) las tragicomedias (que os llore otro). Y si no es así preparaos, porque… tendré (mucho) tiempo libre.
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Hoy he dormido sin nórdico.
Mi madre ha entrado esta mañana, lo ha apartado de mis pies, y no me he enterado.
A lo mejor no es tan malo.
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Hace un tiempo, durante una mala época me dediqué a canalizar mi tiempo, mis preocupaciones y mi antipensamiento en series. Desde el capítulo uno de la primera temporada. Un capítulo detrás de otro. Una serie detrás de otra. Historias que ya había visto, que me habían recomendado en algún momento o de las que no había oído hablar en mi vida. Para quedarme quieta y no tener que pensar en otra cosa que en las idas y venidas de los personajes. Me salvó entonces. Pero ahora me está matando. Veintinueve capítulos y se acabó. Porque en aquel momento pasé literalmente meses viviendo la de ahí adentro.
Y ya no más.
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Me he dejado la cabeza.
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Colores complementarios.
Lección 1: El rojo con el verde.
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Como todos los meses de junio, al llegar la fiesta del pescador, me dejo arrastrar entre los altibajos de la marea, y que sea lo que sea (y lo que no por algo será).
En mi paraíso fiscal las olas antihistamínicas se llevan en sus crestas a las gramíneas que se han portado mal. Y mis ojos respiran, y yo respiro por las calles canciones que me traen de calle, y me callo, y agitando el pañuelo levanto las voces que se confunden entre noctilucas.
Desde la arena, como cada vez, me canta el mar, la noche, la luna escondida.
Me alejé de la orilla tierra adentro, hoy me cantan los ácaros, y yo agitando de nuevo el pañuelo lloro a moco tendido atascada en el capítulo uno de mi libro del color.
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El día de tu cumpleaños
te hicieron regalos muy valiosos:
un perfume extranjero, una sortija,
un lapicero de oro, unos patines,
unos tenis Nike y una bicicleta.
Yo solamente te pude traer,
en una caja antigua de color rapé,
un montón de semillas de naranjo,
de pino, de cedro, de araucaria,
de bellísima, de caobo y de amarillo.
Esas semillas son pacientes
y esperan su lugar y su tiempo.
Yo no tenía dinero para comprarte algo lujoso.
Yo simplemente quise regalarte un bosque.
(Jairo A. Niño)
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¿Alguna vez os habéis levantado pensando “hoy va a ser un buen día“? Un buen día, por ejemplo hoy, me despierto y pienso: ésta va a ser una buena semana. Más bien me reto, porque en realidad no me he despertado con la sensación de que hoy vaya a ser un día diferente en ninguno de los sentidos, pero una vez me dije: hoy va a ser un buen día, y lo fue. Conque(s) me desafío a mí misma a conseguir no uno, sino siete.
Cuando me pongo en pie ya se me ha olvidado el plan y lo que había soñado esta noche, así que salgo a por hoy como cualquier otro lunes.
Cuando a eso de las catorce treinta hora zulu llego a casa con mi sonrisa en la cara caigo en la cuenta de que vengo con el trabajo hecho, la comida comida y el refrigerio tomado en agradable compañía. Poco más de la mitad y ya es un buen día. Y sin que yo haya hecho nada (yo gano).
Cambiando de tema, me parece que yo también me voy a apuntar a pensar diferente en facebook. Pero primero la siesta.
(Aún no ha llegado, pero ya) adoro junio.
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La persona de la que más enamorada he estado me dijo, la primera vez que hablamos: “Yo nunca te rompería el corazón”.
(Lo hizo).
Una de esas cosas estúpidas que decimos sin pensar.
Lo bueno de esto para las personas como yo que nos enamoramos tanto y tan rápido y tan fácil y tan intensamente (de una voz, de unas manos, de unos ojos, de unos pantalones caídos, de una barba de tres días) es que guardo en mi archivo los flechazos, los acelerones de pulso, las carnes de gallina, los tres segundos previos a un primer beso.
Que sí, que las desilusiones desilusionan.
Pero se me olvidan rápido.
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Ni pienso en verde
ni diferente.
Pienso en cetirizina.
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Ocho del cuatro
del veinte diez.
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El otro día estuve de viaje espaciotemporal
el mismo lugar, el tiempo atrás
(re)sentir las mismas cosas
el silencio, la estupidez y una pared sin cuadros.
Me siento triste.
Y me duele la garganta.
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Un detective con el periódico en las manos era espiado sin saberlo desde entre las cortinas a medio cerrar de la única tienda de la calle. El carnicero había llenado las cámaras refrigeradas con los restos descuartizados de otro cazador cazado, y poniéndose su cazadora, su gorro y su bufanda se fue a casa.
Lo escribía aquel cartero, después de ver una tarde cómo el pastelero de la esquina despedía con dulzura a su hija, bailarina de vocación desde que apoyara sus pies sobre el suelo por primera vez, que se alejaba con los hombros altos, en pequeños saltos.
Y cuando recibí la carta, caí en la cuenta de que yo no encanto a marineros con mi voz, no atraigo a cientos de roedores en procesión con mis notas musicales, no amanso a los lobos cuando me aúllan. Porque aunque se solapen, aunque quizá ya lo fuera antes, he dejado de ser musical para convertirme en especial.
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Y tu boca es sol
como esta mañana de febrero
demasiado hermosa como para ir a trabajar.
Y sin pestañear llamamos al jefe
un cuento chino
y como niños nos volvemos a acostar.
Se supone que debía ser fácil.
¿Tienes frío?
Pero a veces lo hago un poco difícil,
perdón.
Suerte
que sonríes y no te enfadas
porque eres más listo y menos egoísta que yo.
¿Todavía tienes frío?
Bueno
cierra los ojos un minuto
que te llevo a un lugar.
Imagina una ladera, una iglesia, una campana,
silba el viento, tú me abrazas, brilla el sol en la montaña
y estamos tranquilos, como anestesiados,
en los cuadros de una manta nos quedamos dormidos
contando elefantes, perros, jirafas,
sonrisas, feroces en un techo dálmata
veloz como el viento
que empuja en el cielo
el blanco que empaña el azul del lienzo.
De nuevo al caminito, un grito
de lo alto a lo lejano con las manos de altavoz.
Responde la montaña
y en la tienda de campaña
cenamos, reímos, un fuego y una caña.
Bebemos, tranquilos.
Hablamos, callados.
La luna, la noche, tus labios helados.
Me entra la sed y busco una copa
esquivando la lluvia que empapa mi ropa.
Pero nos da igual, hoy seremos temporal.
Te ríes, te tiento, te quito la ropa
y sudamos tanto que nos deshidratamos.
El tiempo se para, el viento no calla
las hojas volando, el arroyo cantando
y tú a mi lado muriendo de sueño
cansado, contento, me pides un cuento
y yo te lo cuento
más bien me lo invento.
Te cuento que un libro de lomo cosido
cruzó las montañas, los bosques, cascadas
buscando un pozo de agua dorada
custodiado por un elefante marino,
su saco, su espejo, su guante y su espada.
Malvado, engreído, traidor y forajido
conocido bandido en isla Esperanza
por robar poemas, fundir palabras
para hacerse jerséis de cuentos de hadas.
Y te duermes…
Vivan las noches, el frío, la luna en tus labios
vivan las noches, el frío, la luna en tus labios.
Al principio
como siempre
dormimos abrazados
y cuando ya suspiras
me retiro a mi espacio.
Me gusta dormir cerca
a tu lado
de la cama
esta cama
hoy
repleta de mantas
en esta mañana
fría
fría
fría
congelada
congelada.
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la piel de gallina.
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una voz
una sala oscura
abarrotada
inmóvil
silenciosa
decibelios que chocan
contra los poros
que escapan
por pelos de punta.
No deseo terminar el día de otra forma.
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