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Te puede pasar que, deliberadamente, decidas dormir. Que haga calor, hayas comido relajadamente un día cualquiera de unas vacaciones cualesquiera. Y entonces decides dormir.
Te reclinas en una posición cómoda, liviana, refrescante, con todos los músculos estirados, destensados, relajados. Tu pie es el colchón, tu pierna es el colchón, tus dedos son el colchón, primero el meñique, después el anular, el corazón, el índice, el pulgar, pasemos a la otra mano. Tus brazos, tu espalda, tu cuello, tu nuca, y así cada parte de ti se integra mientras tu consciencia se desintegra.
Y abres los ojos. E intentas moverte. No sabes el tiempo que ha pasado, y tampoco sabes que, mientras dormías, tu cuerpo se ha ido recolocando, tu torticolicabeza se retuerce mientras tu brazo derecho, que ha serpenteado por encima de tu cabeza, cuelga más allá de ella, y que esa misma re-posición te ha llevado al límite del abismo, hacia el que cuelga tu otro brazo. Y tú que no sabes ni dónde estás no tienes ni idea de que haya pasado semejante cosa. Te quieres mover, pero no puedes, porque se te han dormido los brazos, y te desesperas.
Coges impulso troncal para balancearte, uno, dos…, ¡ya! brazo izquierdo encima de la tripa. Coges de nuevo impulso trocal y a la de uno, dos… ¡tres! brazo derecho encima de la tripa. Los dos tontos perdidos, y tú también, pero más tranquilo.
Decides que como no te fías de tu motricidad vas a volver a dormir, sin-mo-ver-te, para dejarles un margen de reacción hasta la próxima apertura de ojos.
Y esto, por escalofriante que suene, podría ser totalmente verídico.